lunes, 25 de febrero de 2013

Barriendo mi casa


Este rincón del universo que me guarda y me define, este espacio limitado y preciso donde yo soy más yo, o sea mi casa, necesito reconquistarlo periódicamente, imponerle mi ley, domesticarlo. Por este motivo, entre otros, lo barro. También para quitarle el polvo, claro está, pero cuando paso la escoba siempre es más lo que pongo que lo que quito. Lo que pongo sobre el suelo es… a los míos, a mi familia. Porque limpiar un espacio es hacer presente, con la intención, a los que lo llenarán. Es anticipar su llegada, de modo que al entrar se sientan saludados: “welcome”, “estás en tu casa”, “come in”.

Como todas las limpiezas domésticas, barrer consiste más en dar que en hacer. Algún analfabeto doméstico se quedará en el hacer de la escoba, zas, zas, repetitivo y mecánico, pero olvidará el dar que lo llena de sentido y lo trasciende. Sí, barrer es dar la casa a quienes la habitan, rendirla a sus pies, estrenarla para ellos.

El suelo doméstico tiene este simbolismo peculiar. Lugar de todo y de todos, representa la aceptación incondicional que define a la familia, por la cual acepto a mi prójimo no por ser como es, tener lo que tiene o prometer lo que promete, sino por ser quien es. En una palabra, asiento plenamente a su existencia, palabra que viene de ex-sístere ‘estar de pie, erguido, plantado’. O sea pisando esta superficie común que compartimos, y que constituye —literalmente— la base de nuestra convivencia.

Amor meus pondus meum: mi amor es mi fuerza de gravedad, decía san Agustín. Y el suelo, este suelo, me lo recuerda. Si hasta el simple pisar puede ser un acto de amor, no digamos el barrer. Todo depende del “peso” de nuestro corazón.

Pablo Pri

@andarynadar

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